
Es inevitable. Los viernes cuento minutos. Llego contenta y con la esperanza de que todo acabará cuando menos me lo espere, que el fin de semana está ahí esperándome, que salimos a las tres, que muchos vienen vestidos “casual”, y eso afecta de forma plácida a su carácter a menudo exigente…
Pero me sorprende el paso del tiempo. A las nueve y media me parecen las once, a las diez me creo que es la una, y a las diez y media tomamos el desayuno y yo no me explico por qué no es ya la hora de comer.
Estoy dispersa y sin embargo trabajo más rápido, termino las tareas según se presentan, trato de dejar las cosas hechas para el lunes… Miro la hora en la pantalla cada dos minutos y me levanto a menudo al baño y a rellenar botellas de agua por si a la vuelta he conseguido que la aguja del reloj de la pared avance de forma sorprendente.
Queda sólo una hora y es la peor, muchos se van antes, otros tratan de fastidiarte la salida con encargos de última hora, y el jefe una ya sabe que comerá y puede hasta que duerma allí… Así que recojo mis cosas en silencio por si me retiene con novedades que pueden esperar, me calzo el abrigo, apago todo, y salgo deslizando los tacones por la alfombra, como quien calza zapatillas de estar por casa.






