
“Tienes la cara cansada”, te dice tu madre, tu hijo, o tu compañera de piso al despertar. Por supuesto. Es viernes. Has acumulado sueño, has ido descargándote de trabajo en la oficina durante la semana, estás muy cansada, y por supuesto, será un duro día con recompensa: no volver hasta el lunes.
Hasta ahí vamos bien. En la oficina se respira el típico aire de viernes: algunos se han tomado la libertad de vestir casual, a otros tantos se les ve dispersos, y bueno, el jefe será el primero en irse porque tiene uno de esos compromisos familiares que lleva rehuyendo toda la semana contra su propia voluntad. Una sueña con la hora de la estampida general, realiza su trabajo más tranquila de lo normal, y reza o cruza dedos deseando que nada: ninguna llamada, ningún viaje de última hora, ninguna sorpresita laboral, pueda desviarla de una tranquila salida a tiempo y una desconexión total.
Y ahí es donde entra el imprevisto. Esa maldición de sabor amargo, ese pellizco que te estresa y comienza a preocuparte por tu hora de salida y a dejarte sin aliento de ansiedad, una sorpresa del tipo “llamo de secretaría general y no encuentro una firma”, o “no iré a comer con mis hijos porque tenemos un marrón”, o “llama a Fulano y a Mengano, diles que no se muevan de su sitio porque tenemos comité de emergencia” o también “tienes que imprimir cien de estos ejemplares, encuadernarlos, y empaquetarlos de cinco en cinco”. Después de esta sorpresa continúa la racha con que Fulano o Mengano se han ido y no hay forma de localizarlos, o la tinta de las impresoras a color se ha esfumado y no queda nadie de material fungible para reponerlo, o la impresora se atasca y el jefe te manda a Copias Madrid a continuar por ese camino…
La ley de Murphy funciona, y no está en tus manos que todo sea perfecto y que la falta de previsión de algunos te fastidie o no el día. Como consejo, el jueves por la tarde deberías de preguntar y asegurarte de que los planes de todos están saliendo bien y a su debido tiempo. Otro truco sería largarte la primera, sin mirar atrás, no vayas estropearte el viernes y a convertirte en estatua de sal…
Está claro que cada uno sabe lo que tiene que hacer, y hasta donde debe o no cumplir con ciertas obligaciones fuera de contrato. Las sorpresas siempre estarán ahí, y para vuestra simple curiosidad, hoy no me abordó ninguna.






