
Es como en el cole: cuando no está el jefe, ¿quién hace su trabajo igual?
Tal vez es producto de la irresponsabilidad, o de una regresión a la infancia, o complejo de niña mala, pero compruebo cuando esto sucede que no sólo soy yo o las otras secretarias: si no está el jefe todos respiramos más hondo. Hay un rollo diferente, más distendido, otros jefes por debajo del “gran jefe” se confiesan unos a otros por el pasillo que no tienen ganas de hacer nada, y que qué gusto.
No es que el trabajo se quede paralizado, pero es como si fuésemos más quienes somos realmente, y no esa actitud un poco rígida de quien se siente bajo una mirada crítica o en busca de fallos.
S. se sienta sobre una pierna doblada, el cafetito en la sala dura un poquillo más de la cuenta, y A. se atreve a comentar en alto la noticia que acaba de darle su madre por teléfono nada más colgar. J. comenta lo absurdo que ve cierta decisión que se tomó en las altas esferas sobre una compra de material industrial, y hasta los agrónomos se atreven a opinar a cerca de los cultivos ecológicos y reconocer que la manera de hacer las cosas tiene que empezar a cambiar.
Que se vaya de reunión todos los días, pienso yo. Pero la verdad es que un par de horas al día suele ser así, y qué gusto.






