
Comer en la oficina es cansado, aburrido, desesperante. A veces me da tanta pereza que como cualquier cosa, y claro, hace que aborrezca aún más el momento de decidir…
Al principio salíamos a comer a los restaurantes de la zona, eran nuevos para nosotros, tenían buenos menús, no necesariamente baratos, pero aparentemente caseros y bastante completos. Después de una temporada de ese modo, nos hartamos de tanta comida, de la sensación que nos invadía al terminar como de saciedad y sopor infinitos, y dedujimos que aquella “materia prima”, principalmente aceites y aderezos, no son nunca como en casa.
Luego nos pasamos al bocadillo. Los comprábamos en estos y otros sitios exclusivos de bocatas, sándwiches, ensaladas envasadas, pastas, etc. Pero eso también cansa, y para colmo con los precios rondando al menú.
Finalmente, hemos optado por la comida casera. Cocinamos en casa, a veces hacemos puestas en común, y otras no. Un día bocata, otro día ensalada de pasta, otro revuelto de atún o trigueros con gambas, y así vamos pasando la semana. ¡Y todo sin microondas! De las tres variedades preferimos la última, pero es taaaan cansado tener que prepararlo en casa… Así que ahora alternamos, y bueno, vamos tirando.
Yo sigo acordándome de la comida de casa de mi madre, y como decía Dorothy de El Mago de Oz: “Se está mejor en casa que en ningún sitio”.






