
Sigo llegando tarde. Por más que me organizo por la mañana, por más que le quito minutos al despertador para que suene antes, no consigo llegar a tiempo.
Entro a las nueve y me despierto a las siete menos cuarto, preparo desayunos, visto niños, lavo caras y manos, encuentro tiempo para ir arreglando mi aspecto fantasmagórico entre unas cosas y otras, y siempre me quedan energías para solicitar más colaboración del padre de las criaturas, y pegar un par de voces generales en los últimos segundos… En ocasiones nos toca volver corriendo a por lo que se nos ha olvidado, o a recoger las llaves que alguno se dejó colgadas en la puerta.
En el metro trato e descansar lo más que puedo y leer lo que no me deja el resto del día. Cuando llega mi parada vuelvo a tomar aliento, me preparo estratégicamente en la puerta con mejor acceso a la salida, y la maratón continúa. Ando, acelero, corro, dependiendo de cómo vaya de tiempo, me hago la sueca si adelanto a algún conocido de la oficina que va por mi camino, saco mis tarjetas de acceso y fichaje al edificio sin dejar de correr, y tomo el ascensor por los pelos, lleno de gente. Cuando al fin alcanzo mi asiento, sea invierno o verano, me aso de calor. Me quedo con un ridículo cuerpo sin mangas mientras mis compañeros me miran como si estuviese loca, recolocándose sus foulards al cuello como si quisieran hacer darme cuenta de que me equivoco. Al cabo de media hora puedo decir que disfruto de la “tranquilidad” del trabajo en la silla, toso un poco, y me cubro como debería de haber hecho desde el principio. Me repito a mi misma “esta noche me voy a la cama a las 10, y me levanto a las seis y media…” pero todo sigue igual. Antes de las doce y media, no hay tu tía.






